ADORATORIO, O ROMANCE DE LA MUERTE DEL ARTISTA

Óleo sobre papel / Grafito sobre papel / Barro sin cocer, estuco, cera, acrílico y vaporizador. 2019

 

En la ciudad de Xalapa, México, circula la anécdota sobre la visita de Rufino Tamayo en 1991, el sucesor inmediato de los tres muralistas. En su estadía recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad Veracruzana y exhibió su obra. Tamayo pidió a sus amigos que lo llevaran a visitar El Zapotal, un sitio arqueológico cercano, dedicado a Mictlantecuhtli –el Señor de la Muerte mesoamericano– hecho de barro sin cocer, cubierto de estuco que sobrevivió intacto hasta su descubrimiento en 1971. Se cuenta que frente a esta efigie, el pintor vaticinó su muerte, que ocurrió un mes después. A partir de esta anécdota, sin otro registro más que los testimonios de una generación de artistas locales, se pone en juego la eficacia simbólica de la conjura. Por otro lado, a partir de los artículos académicos sobre las características materiales del sitio arqueológico y la documentación periodística en la que se exponen las envidias de la comunidad artística de provincia, se produce el vínculo entre una imagen que se devasta al intentar ser conservada por prácticas ineficientes de arqueología y el relato del arte moderno regional a partir de rumores.