Si miro mucho tiempo al fantasma, ¿desaparece?

 

Hoja de sala. En 1927, en Xalapa, México, Manuel Maples Arce publica Poemas Interdictos. Noventa años después, Sousa se topa con una primera edición del libro en Buenos Aires. Este encuentro desata una serie de indagaciones en torno al quehacer artístico, la historia de la vanguardia estridentista, el lenguaje, los fantasmas, las materialidades y una pregunta sobre la propia identidad.

 

 

¿Cuál es el grado de confianza que puedo entablar?, ¿qué relación existe entre la mentira y la inventiva en el relato autobiográfico? ¿No puede tratarse todo esto de un acto narcisista o de fetichización? Sí puede. ¿Dónde está la rebeldía autobiográfica? ¿cuál es la tradición a la que me enfrento o la discontinuidad fragmentada que alimento?, ¿qué estoy reescribiendo? Cada humano es el lugar de la memoria, las relaciones entre sujetos son semejantes a visitar la biblioteca de un autor, saber qué libros leía, que ideas circulaban en su entorno. Esta es la forma y valor de la biografía y de la autobiografía que se reúne con la obra: aquello que citamos porque lo hemos leído y lo queremos hacer nuestro, el índice señalando el paisaje, el azar mismo, la deriva por los márgenes. Todo acto de invención es biográfico. Es decir, pienso en un autor para pensar en las condiciones, el contexto y la sensibilidad de una persona, la veracidad o no de un hecho, y su incidencia en un relato, el paso de la historia propia con la producción de discurso.

(…) Hay arte que requiere explicaciones porque se produce en contextos distintos al nuestro, frente a situaciones políticas o sociales específicas. Entonces ahí, en el paratexto, como el que estoy siendo yo mismo ahora, se accede al sentido de una obra que pertenece a múltiples tiempos como la vanguardia. ¿Cuál vanguardia? ¿La militar? ¿No es la vanguardia la que cuida a la retaguardia? ¿O es aquel chispazo en la historia del arte en el que hay una ruptura y excedente del estatuto convenido de lo que es un objeto artístico? Si se trata de esta vanguardia, entonces debe ser aquella que excede e interroga las convenciones de realidad, representación, sujeto, autoría, espacio, tiempo y a las ideas de progreso, finalidad y utilidad social. Aquellos programas que quizás no duraron más tiempo que el que va entre la reunión de sus autores, la redacción y publicación del manifiesto en algún periódico, o la pegada en las paredes de las calles del centro de la ciudad. Las más afortunadas condujeron a sus escritores por un viaje en el tranvía 56 para conocer los barrios obreros o que sus autores irreverentes fueran secuestrados por estudiantes reaccionarios para propinarles una paliza. Así, la vanguardia comienza a parecernos algo delicado, frágil, acto ingobernable e iconoclasta del que sólo nos queda el registro, el documento, la crónica, el testimonio, el paper académico y el simulacro 50 años después en un museo. Precisamente, la vanguardia, por su gesto, fracasa al ser cooptada por la institución y los artistas tenemos que rescatarla cada tanto.